No fue una noche cualquiera

Acostado en su cama a punto de dormir mi pequeño hijo de cinco años estaba atento a escuchar de mi voz un cuento infantil. Era también un deseo mío narrarle esa historia  desde hace 1.826 días.

No era una noche cualquiera.

Así como él había sido pensado, soñado y anhelado, esa noche también había sido deseada. Aunque había tenido la oportunidad de compartir siete noches en su periodo de vacaciones de mitad de año de 2017, esta noche era distinta porque hacia parte de una lucha que había emprendido desde el mismo momento en que supe de su existencia y de su nacimiento el 3 de octubre de 2013.

El 14 de septiembre pasado finalmente se había logrado definir que mi hijo podía pasar la noche conmigo durante nuestros encuentros mensuales. Tal vez muchos se pregunten por qué mensuales y no quincenales, es debido al traslado que debo hacer de una ciudad a otra. Si fueran otras las condiciones, el tiempo de estar juntos sería distinto.

De manera que no era una noche cualquiera. Era la primera vez que estaríamos juntos como padre e hijo compartiendo un mismo espacio una noche en la ciudad de Medellín.

Al mediodía cuando lo recogí, me esperaba para escoger los juegos y los muñecos que llevaría. Los empacamos y salimos. Él arrastraba su pequeña maleta. En el taxi me pidió que grabáramos un video con el celular uno de los episodios de su programa “Las aventuras de Ismael”. El conductor miraba por el retrovisor y sonreía.

Llegamos al hotel. La recepcionista nos tomó unas fotos y como no era la hora de ingreso salimos a almorzar. La tarde se nubló y comenzó a llover. Al regresar ya pudimos hacer el ingreso. Nos correspondió la habitación 26. Guardamos nuestros equipajes, acomodó sus muñecos en su cama, sacó los juegos, puso uno en una mesita y comenzó la disputa por “comprar” el mayor número de propiedades.

Terminó el juego con un ganador claro. Sí,  creo que me falta más practica, salimos a comprar la cena. Regresamos, comimos y luego a probar algunos juegos en el IPad. Llegó la hora de dormir y su ritual se trasladó a esa habitación. Se bañó los dientes, se acostó, le pidió a Dios que lo acompañara en su sueño nocturno y esperaba atento escuchar de mi voz un cuento infantil.

Si la noche esperada debía ser especial, lo debía ser también uno de sus momentos. Hubiera querido tener ese cuento en mis manos, lo busqué en algunas librerías en Bogotá y no lo encontré. Así que guardé su texto en mi celular y era el momento de leérselo. Se trata de “Adivina cuánto te quiero” de Sam McBratney.

“Era la hora de dormir.
La liebre pequeña color de avellana se agarraba fuertemente a las orejas de la gran liebre color de avellana. Quería estar segura de que le liebre grande la escuchaba

-       Adivina cuanto te quiero- le dijo…”

Y así palabra a palabra le iba leyendo a mi hijo Ismael mientras miraba su cara atenta.

“Yo te quero de aquí a la luna… y vuelta”.

Era el final de la historia. Nos sonreímos. Lo abrigué con una cobija y cerró sus ojos para dormir.

Había cumplido con ese sueño pensado, soñado y anhelado. Le había narrado aquella historia que se convirtió en el símbolo de una lucha incansable por tener ese momento único e irrepetible. Aunque cada instante disfrutado a su lado eran eso, únicos e irrepetibles porque los años de ausencia habían devorado muchos que jamás podrán recuperarse, estos tenían especial significación.

En junio de 2016, un grupo de padres con hijos ausentes leímos, cada uno es su espacio, incluso desde fuera del país, un pedazo de esta hermosa historia de amor como parte de la lucha que habíamos emprendido para que la justicia o las entidades estatales reconocieran el derecho de nuestros pequeños a tener a su papá. https://www.youtube.com/watch?v=ET3z5TOJooE. Era una historia contada en ausencia de Laura, Nicolás,  Ismael, Eyal, Diego Alejandro y Jerónimo.

De manera que “Adivina cuánto te quiero” era el cuento infantil que había querido leerle a mi hijo esa noche especial que se dio, por primera vez, cinco años después de una lucha constante en la que nuestros derechos debían ser reconocidos. Y es una batalla que deben seguir adelante los que como yo, emprendimos ese difícil camino, pero le digo a usted que me está leyendo, siga adelante! por los hijos ausentes porque habrá miles de momentos como el que viví con Ismael. Vale la pena.

El resto de la historia de este encuentro padre-hijo que culminó al día siguiente a las 3 de la tarde quedaron plasmadas en unas fotografías que fueron compartidas.

Lo que quería en realidad, con este escrito, era contar la historia de esa noche que no fue cualquiera. De manera que permítanme devolverme a ese momento final de la lectura del cuento.

Le leí, lo vi cerrar sus ojos para dormir, me recosté en mi cama, sonreí y unas cuantas lagrimas de felicidad aparecieron en mis ojos.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Carta a un hijo ausente

El lenguaje “políticamente” correcto